Game Over

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Por primera vez en los últimos cinco años, el Barça se disponía a disputar una eliminatoria en la que no partía como favorito. La victoria de los de Tito en el Allianz Arena se pagaba por encima de los 3 €, y a menudo las casas de apuestas, alejadas del fanatismo y las portadas sensacionalistas,  pueden ser un buen termómetro para medir la temperatura al circo del fútbol. Los más prudentes apelaban al tópico de que “en Champions, y a estas alturas de la competición, los partidos se deciden por pequeños detalles”. Ayer el Barça permitió que se acumulasen demasiados episodios menores, todos en su contra, demasiados errores, muchos de ellos no forzados como se dice en la jerga tenística, que dieron alas a un Bayern que ya asfaltó al campeón de Italia hace un par de semanas sin despeinarse ni hacer mucho ruido.

Pacto de Caballeros

El encuentro empezó menos intenso de lo que cabría esperar, como si los alemanes deseasen rendir un merecido (pero breve) homenaje a los artistas del balón a los que se medían, una orquesta cuyo director y anoche capitán Xavi Hernández vive horas futbolísticas muy bajas, maldito sóleo. Una orquesta que basaba sus recitales en la presión asfixiante en el área rival, un equipo que ahogaba a grandes y pequeños, que trataba y trata el balón como nadie, pero que ya no roba ni aprieta ni ataca en oleadas como había malacostumbrado a todos. El Barça volvió a ser horizontal, irrelevante en el pase, inocuo, romo y sin chispa, y en estas los de Heynckes se dieron cuenta de que podían permitirse el lujo de finiquitar la eliminatoria en sus primeros 90 minutos. Fruto del respeto y compostura del equipo local se llegó al descanso con 1-0, y el gol llegó en una acción aparentemente aislada y confusa, un saque de esquina de esos que tanto hacen sufrir a los blaugrana. Víctor Valdés, salvador de este equipo una y mil veces, no acertó a despejar un cabezazo centrado de un efervescente Müller, que jugó, cuchillo entre los dientes, como si disputase el último partido de su carrera.

El Derrumbe

Sin tiempo para despertar de la pesadilla ni poner en práctica los retoques, si los hubo, de Tito en el descanso, el Barça encajó el fatídico 2-0 en otro córner nada más empezar la segunda parte. Balón áreo de Robben casi liftado al segundo palo, indecisión, fuera de juego, Mario Gómez, gol. Para muchos aquí terminó la eliminatoria, cabía esperar 35-40 minutos de posesión y asedio y, en el mejor de los casos, llevarse un 2-1 a la vuelta. Pero no. Sin noticias del director, el desatascador y mágico Iniesta no desbordó, y los laterales Alves y Alba no se desdoblaron ni propusieron centros peligrosos a un área que no pisaron los extremos Alexis y Pedro, a los que se debe exigir algo más que empeño, presión o voluntad. Busquets, distribuidor y sostén, no sostuvo, abrumado por el vigor de los dos mediocentros rivales, Javi Martínez y Schweinsteiger, que impusieron su ley en esa zona central en la que nos han contado que se deciden las partidas de ajedrez y los encuentros como el de anoche.  El 3-0 y el 4-0 final llegaron casi por inercia, como consecuencia lógica de un duelo que por momentos pareció enfrentar a hombres contra niños, un duelo en el que el de rojo era siempre más rápido, más alto, más fuerte y más listo que el de azul, ese podría ser un resumen simplista de la debacle culé.

No Messi, No Party

Se esperaba mucho del astro argentino, cuya mera presencia solventó la eliminatoria anterior, pero tampoco apareció, mermado y alejado de la zona de riesgo. Conociendo a Leo y analizando la manera de gestionar su presencia en el campo por parte del Staff Técnico del Barça (esto es, que juegue siempre que quiera), el hecho de que se quedase en la grada en el partido liguero ante el Levante evidenció que su estado físico no es óptimo. Siempre quiere estar y siempre que puede estar, está, pero ayer no estuvo y no parece justo exigirle su parte alícuota de culpa sino quizá mirar un poco más arriba y cuestionarse el rol de un cuerpo médico y un equipo técnico que deben tomar decisiones por el bien del equipo. El futbolista es una figura egoísta por naturaleza y por definición, y es entendible que un jugador de su talla no quiera perderse una cita como la de ayer.

El problema, de Messi y de otros muchos, viene de atrás; la temporada ha sido atípica, la Liga parecía y estaba sentenciada en diciembre y no se ha sabido gestionar una plantilla más amplia de lo que demuestran partidos como el de anoche. Algo han tenido que hacer mal Tito y Roura con sus pupilos si, con la temporada en juego, disputas 80 minutos del partido decisivo con los mismos once, sin que ningún actor secundario pueda salir desde el banquillo y aportar cosas nuevas; algunos entrenadores parecen no entender que el reglamento permite realizar tres susticiones para cambiar la dinámica de un choque, refrescar piernas e ideas en los suyos, mandar un mensaje que active al grupo, o simplemente probar soluciones tácticas diferentes cuando algo no funciona. “¿Tan mal están Tello, Cesc, Song o Thiago?”, se preguntó el aficionado blaugrana al ver la inoperancia ofensiva de un equipo que se despide de la Champions exhausto, superado, empequeñecido.

No habrá #Remontada esta vez, es momento de levantarse y analizar las causas del derrumbe.

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