Italia o la Ley del Mínimo Esfuerzo

por @alejandromendo

Italia afrontaba este (inoportuno, molesto, incómodo, se nos agotan los adjetivos) parón de selecciones con la intención de recuperar sensaciones y archivar la clasifiación mundialista como cabeza de serie, algo que se ha convertido en cuestión de estado en las últimas horas pero que a nadie parecía importar hace un par de semanas. Bastaban tres puntos en dos partidos ante rivales asequibles para lograrlo y posicionarse entre los ocho primeros de un aburridísimo y muy criticado ranking FIFA que explicaremos en otra ocasión, o no. El caso es que no ha podido ser y la tetracampeona del mundo irá al bombo “B” en el sorteo mundialista. ¿Tragedia? No, ni mucho menos.

El partido ante Dinamarca a domicilio se antojaba hostil a pesar de la poca entidad del rival, del que se salva el joven Eriksen (Tottenham) y poco más, pero la Italia de Prandelli, como sucede con los malos árbitros, fue capaz de no contentar a nadie con su discreta actuación. Tras un primer tiempo potable y serio en el que Thiago Motta llevó la manija del centro del campo azzurro y asistió con maestría a Osvaldo en el 1-0, los italianos pecaron de falta de concentración y encajaron dos goles de cabeza del criticado Bendtner, ex delantero espigado de la Juventus, cuyo doblete con sabor a vendetta uno no sabe si calificar de impredecible o esperado, habida cuenta de leyes no escritas del fútbol que se cumplen más a menudo de lo que nos gusta admitir. El 2-1 incendió a la hinchada local, los daneses estaban a punto de ganarse un billete para la repesca (el último partido era contra Malta, los del 12-1, un trámite incluso para esta Dinamarca) cuando Italia se acordó de ser Italia y probó una tímida ofensiva final, un asedio sin convicción, esa especie de inercia futbolística que vemos en la mayoría de los campos, en encuentros que miden a pequeños, medianos y grandes equipos, cuando en los minutos finales el marcador es apretado. En una de estas, de nuevo Motta colgó un balón al área, Osvaldo lo recogió, fintó e intentó un tiro que hubiera salido desviado dos o tres metros, de no ser porque Alberto Aquilani pasaba por allí, literalmente, y logró introducirlo en la red. Nunca un gol fue tan involuntario, inmerecido e injusto para con el rival. Algunos dirán que este empate lo logró la camiseta, las estrellas (cuatro) en el escudo, o la épica si el choque se hubiese jugado en el Bernabéu. Los daneses, menos románticos, se quedaron con cara de tonto, sin billete mundialista, manos a la cabeza tras el pitido final del árbitro. La Italia rácana de siempre que te araña un empate casi sin quererlo.

El segundo de los compromisos parecía aún más cómodo para gli azzurri: ante Armenia y en un San Paolo descafeinado, los de Prandelli necesitaban tres puntos para no perder comba en el famoso ranking. Pero tampoco pudo ser. Las rotaciones pusieron en evidencia que existe una mayor distancia entre los primeros espadas (véase Buffon en la portería, Chiellini en defensa, De Rossi en el centro del campo) y los reservas habituales de lo que al técnico italiano le gustaría creer. Marchetti, Astori, Aquilani o Montolivo siguen sin convencer y las únicas notas positivas en una noche para olvidar fueron los jóvenes Insigne y Florenzi, que parecen aportar el dinamismo que pide a gritos este equipo. Ambos en gran forma con Napoli y Roma respectivamente, parecen candidatos a acompañar a Balotelli, Rossi, El Shaarawy y Gilardino como “reparto ofensivo” en Brasil.  Pero aún falta mucho para la lista y habrá codazos por entrar, con el mismísimo Totti en la recámara.

Como pez en el agua

Del partido hay poco que señalar: Armenia se adelanta, la dupla de jóvenes talentos ya citada fabrica el empate, los visitantes hacen el 1-2 tras error garrafal de Marchetti a la salida de un córner y se llega a la clásica situación que acompaña históricamente a los italianos. Toca remontar, o al menos empatar y evitar el bochorno. Cada vez que Italia en su historia ha tenido que hacer frente a una situación adversa en la que era necesario al menos conseguir algo, los italianos consiguen siempre al menos ese algo, a menudo con el mínimo esfuerzo posible, y casi siempre sin superar ese umbral mínimo. Gli Azzurri son como el estudiante que se conforma con el cinco, el entrenador que firma un empate fuera de casa, el twittero que no se moja para no arriesgar followers, el profesor que corrige pero no enseña, el funcionario que pasa ocho horas en el trabajo pero no trabajando o el policía que patrulla por una zona conflictiva sin mirar por la ventanilla. Nuestra sociedad está llena de figuras que cumplen con el expediente, e Italia es la selección que encarna a la perfección esta Ley del Mínimo esfuerzo que, al César lo que es del César, tan buenos resultados le ha dado. De acuerdo con esta teoría, ¿preocupa formar parte del bombo “B” en el sorteo mundialista?

Pues claro que no; el discurso aquí en Italia es que “quienes deben preocuparse son los demás, quienes nos van a encontrar por el camino”. Son una selección con estrella, con cuatro estrellas, que sabe vivir al límite y gestionar sus (a menudo escasísimos) recursos como nadie, sacar petróleo de una acción aislada, sufrir, competir. Prandelli ha querido enriquecer con automatismos y conceptos técnicos a un equipo que, por definición, maneja como nadie el resultado. Que nadie los descarte en Brasil, con el mínimo pueden obtener el máximo.

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