Algo pasa con Leo

por @alejandromendo

Se lesionó, cruzó el charco, volvió a casa. Desconectó, hizo pretemporada en diciembre, se puso a punto en pleno verano Argentino y se recuperó con sus preparadores físicos de confianza (los de la selección). Se alejó del ruido, huyó del Eurocentrismo y del entorno, se concedió una pausa tan merecida como necesaria que ha podido costarle un Balón de Oro pero puede darle un Mundial. Al tiempo. Leo Messi tiene cuatro balones que brillan en el salón de su casa y tres botas doradas que premian sus números estratosféricos de las últimas temporadas, por lo que muchos creímos y creemos que el parón era una bendición. Además, el Barça no se resintió particularmente. Al contrario, emergieron las figuras de Alexis, Pedro, Neymar o Cesc, que han firmado un primer cuatrimestre, si se me permite la analogía universitaria, de notable alto. Los del Tata han hecho los deberes y han aprobado los parciales, están vivos en las tres competiciones y empiezan el decisivo mes de febrero con dudas. Pero con Messi. Volvamos a Messi.

El rosarino volvió como vuelven los grandes, de dulce. Muy fino (como les gusta decir a los periodistas), tónico, con chispa, acertado de cara a portería; firmó un doblete mágico en sus primeros minutos competitivos, una reaparición estelar que, a distancia de un mes, casi parece haberle perjudicado. Y me explico. Lo suyo fue llegar y besar el santo, puso tan alto el listón que se nos olvidó por un momento que necesitaba coger ritmo y, lo que es más importante, acoplarse a un conjunto que se había sacudido la Messidependencia. Ángel Cappa, que fue segundo entrenador del Barça (con Menotti) y del Madrid (con Valdano), ha afirmado recientemente que Messi “ha perdido la locura y la pasión por jugar”. Cappa, mejor filósofo futbolístico que entrenador, se ha dado cuenta de algo que casi todos hemos percibido en este mes: que Leo está jugando con el freno de mano echado y que sus compañeros le buscan menos de lo normal, y lo normal hace unos meses era siempre.

No podemos olvidar partidos contra el Real Madrid o Chelsea en los que el entrenador rival (llámese Mourinho, llámese un discípulo táctico suyo como Di Matteo) organizaba una verdadera jaula alrededor de Lionel, que penaba durante 90 minutos intentando zafarse de la pegajosa marca de los Khediras, Pepes u Obi Mikels de turno, sin éxito; tratándose de una fiera con el balón como Messi, el término jaula explica bien el concepto. La bendita Messidependencia encontró un (casi) infalible antídoto y cualquier equipo que se medía al Barça aparcaba de forma lícita, transparente y entendible el autobús en la frontal del área y esperaba con el cuchillo entre los dientes el mínimo error blaugrana para matar a la contra. Di María, Özil, Ramires, Cristiano Ronaldo, Torres o Drogba saben muy bien de lo que hablo. Los compañeros de Messi desaparecían, se difuminaban, se escondían, descargaban cualquier responsabilidad en el “10” y le entregaban el esférico cual “patata caliente” de veraniego concurso televisivo. Toma, monstruo, resuelve tú, le decían implícitamente.

El Tata y/o las circunstancias de los últimos meses de 2013 han puesto fin a un importante déficit de los culés, hasta el punto de que, repito, vemos a un Messi menos participativo en los automatismos del equipo, un Messi que sale de escena durante minutos, un Messi que camina, que baja al centro del campo y devuelve de primera a Xavi o Busquets, como para recordar por qué está allí, y a otra cosa. Un Messi alejado del área. Quienes vemos muchos partidos de este Barça hemos aprendido a leer (o eso nos gusta pensar) la mente de los jugadores; sabemos cuándo Iniesta está jugón, cuándo encara y se va, o cuándo las fuerzas no le llegan y la suelta de primera, uno o dos toques, se lo permite su calidad. Sabemos cuándo Xavi ve a Alves percutir por banda pero duda, da otro toque y piensa que el brasileño está ya en fuera de juego, gira entonces sobre sí mismo, y al otro lado, que diría Pep. Sabemos también que Alexis lo intenta, con más corazón que cabeza, con más voluntad que técnica, y sabemos que Busquets es la bisagra perfecta de un engranaje que hemos visto funcionar como el mejor reloj suizo y que últimamente nos regala menos partidos antológicos y más actuaciones “de ordinaria administración”, de funcionario. Pero Messi nos desconcierta.

Nos ha sorprendido tantas veces que es imposible dudar de él, sabemos que volverá. Entendemos que tenga entre ceja y ceja el Mundial, que se dosifique, que conozca mejor que nadie su cuerpo y su potencial, pero su equipo es el Barça y ambos se necesitan, se complementan. Ha de volver pronto, el sino de la temporada azulgrana se define en las próximas semanas: llegar a la final de Copa, volver a encadenar victorias en Liga ante el inminente duelo entre Atlético y Real y, sobre todo, eliminar en octavos al peligrosísimo Manchester City. Messi tiene que volver, va a volver. Es el mejor “falso 9” del mundo, sin duda el mejor “10”, el mejor regateador, el más infalible de los tiradores, el más preciso de los pasadores (preguntad a Tello), el más veloz con el balón, el más decisivo, el más desequilibrante sin hacer una sóla bicicleta. El mejor. Y sus compañeros, a pesar de haberse sacudido la dependencia, le necesitan más que nunca. Mi intuición es que no nos va a fallar.

Te esperamos, Leo.

Anuncios

Un pensamiento en “Algo pasa con Leo

  1. Pingback: Un Mal Año (Lo Tiene Cualquiera) | el Fútbol es un estado de ánimo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s