El Mundial Que Se Apagó

por @alejandromendo

La noche del inaugural Brasil-Croacia volví a casa con la sensación de encontrarme ante un Mundial colorido, moderno, acaso artificial, salido de un videojuego, acorde a los tiempos que vivimos. “Un Mundial en alta definición”, pensé y comenté con algunos amigos futboleros, que parecían menos sorprendidos que yo. Lejos queda ya el fútbol de dibujos animados que el siempre locuaz Valdano atribuyó a Romario: es la era del fútbol visual, integrado con las Redes Sociales, un deporte global, televisado. Nos sorprenden relativamente poco las botas de colores “fluor” que suben hasta el tobillo, el tiempo muerto en mitad del partido para que los jugadores se refresquen o la Goal Line Technology que como cabía esperar tampoco consigue ponernos de acuerdo. Cómo hemos cambiado, y no es malo. De aquel primerísimo encuentro saqué no pocas conclusiones que un mes después se han confirmado como claves de esta cita mundialista que ya se nos acaba:

  • que la propuesta futbolística de la anfitriona no parecía a la altura de su historia y que, a pesar de algún empujón arbitral como es costumbre, el camino de la canarinha hasta la final se antojaba casi utópico. La sexta estrella tendrá que esperar y la ruidosa derrota contra Alemania es ya uno de los momentos salientes de la historia de los mundiales, no necesitamos que pase más tiempo para aceptarlo.
  • que los árbitros, para lo bueno y sobre todo para lo malo, serían protagonistas y motivo de debate, con su permisividad al estilo Champions League -esto es, tarjetas a partir de minuto 60- y espray en mano, entrañables grafiteros de las inmediaciones del área. Ahora no recuerdo si ya en el primer partido empezamos a intuirlo, pero qué mal se han colocado, cuántas veces han estorbado a un jugador en medio de una acción, cuántos pases han cortado en su intento por seguir el juego de cerca. Los jueces de línea, en cambio, han brillado desde el anonimato de la banda, acertando casi siempre en decisiones milimétricas.
  • que los partidos, de forma especial durante la fase inicial del torneo, iban a ser de ida y vuelta, sin centro del campo (ay, España), de área a área, vertiginosos, con equipos contragolpeadores y deliberadamente rotos. Partidos llenos de remontadas, vibrantes, aunque a la postre y por desgracia sólo la primera fase y los octavos de final, momento álgido de este Mundial, regalaron momentos de fútbol ofensivo y de gran ritmo. A partir de cuartos el pragmatismo (eufemismo para la palabra miedo) sobrevoló los estadios cariocas y se han visto pocos goles y demasiadas tandas de penalties.

El Mundial ha ido de más a menos. La primera jornada tuvo literalmente de todo: polémica arbitral tras el cómico penalty sobre Fred, goleada sonrojante y sorprendente en el España-Holanda, goleada menos sonrojante y mucho menos sorprendente en el Alemania-Portugal, fútbol del bueno (fue un espejismo) en el Italia-Inglaterra y sorpresón en el Costa Rica-Uruguay. Nos frotábamos las manos y no dejábamos de leer tweets sobre cuántos goles se estaban marcando, qué delicia, cuándo superaremos el récord de este o el otro Mundial. En la segunda jornada se confirmaron los batacazos europeos de España, que volvió a perder con Chile, de Inglaterra, que cayó ante Suárez, perdón, Uruguay, y de Portugal, que rescató un punto insuficiente ante Estados Unidos. Italia no confirmó las buenas sensaciones del debut y fue derrotada de forma justa pero llamativa ante la emergente Costa Rica, por lo que tuvo que jugarse todo a una carta en la tercera jornada. Que no fue especialmente tensa, ya que los grupos habían quedado por lo general configurados en los dos primeros partidos. Sólo ese Italia-Uruguay nos supo a finalísima, a cara o cruz, y se resolvió de manera muy parecida al desenlace liguero de hace un par de meses. Con cabezazo de Godín. Del mordisco de Suárez a Chiellini se ha escrito ya tanto que mejor esperar a que salga la película, no comments.

Ahora empieza el Mundial, decían.

Los octavos de final han sido para mí la parte más divertida, interesante y atractiva de este torneo: un Brasil-Chile disputado y emocionante en el que el larguero salvó a los anfitriones, un Argelia-Alemania más abierto e igualado de lo que a los teutones les hubiese gustado, la emoción del Argentina-Suiza hasta la zurda certera de Di María en la prórroga o el México-Holanda decidido sobre la bocina a favor de los tulipanes, el golazo de James en el Colombia-Uruguay, el buen partido (de culto) que fue Costa Rica-Grecia y cómo no, la exhibición ofensiva del Bélgica-Estados Unidos, quizá el choque más memorable de Brasil 2014.

Habida cuenta de los ya mencionados batacazos europeos, en cuartos se plantaron “los que tenían que estar”, con Costa Rica como invitada de lujo. Brasil mostró su mejor versión mundialista ante Colombia -no hacía falta demasiado, bastó un poco de empuje y un rival algo aturdido-, Argentina liquidó de forma eficiente y sin sufrir demasiado a la inexperta pero cumplidora Bélgica, Alemania superó sin excesivos alardes a una Francia que, como el Mundial, se fue apagando, y Holanda tuvo que sudar para doblegar a Costa Rica y su excelente portero Keylor Navas, que confirmó el gran estado de forma tras un año para enmarcar en el Levante. Fueron partidos menos vistosos, con más nervios que goles y donde más que nunca, contaba sólo ganar.
Las semifinales han sido la confirmación de la tendencia “a la baja” de este torneo, con dos partidos bien diferentes pero idénticos en un aspecto: no han tenido demasiada historia. El primero por exceso, el segundo por defecto. Alemania, y odio repetir esta manida expresión pero encaja a la perfección, pasó el rodillo y en 15 o 20 minutos sepultó a Brasil en uno de los choques más desequilibrados que se recuerdan en una fase final de los Mundiales. Al espectador neutral, independientemente de filias o fobias para con los brasileños, Kroos y compañía nos dejaron sin un partidazo con el que resarcirnos de la mediocridad de los cuartos de final. No parecían preocupados por ello. La otra semifinal fue un partido de los que huelen a 0-0 desde el minuto 10, ambos parecieron no sufrir en demasía por ello y dejaron todo a la lotería de los penalties. Lotería que no es tal: se trata de un gesto técnico, una suerte del fútbol en la que casi siempre se hace justicia y gana el más fuerte. Que aquella noche fue Argentina, con tiradores impecables.

Así las cosas, se viene una final estratosférica entre Alemania y Argentina que amenaza con (ojalá) desmentir todo lo que acabo de escribir sobre un Mundial que se nos apagó, o bien confirmar que los partidos abiertos y llenos de goles están bien para los torneos de la parroquia, el invierno, la fase de grupos de Champions o la Copa del Rey. Aquí lo que cuenta es ganar y la mayoría de los aficionados de todos los países -no así España, pero de esto hablaré en otra ocasión- firman la victoria sacrificando el buen juego, el qué se impone más que nunca al cómo.

El cuándo, mañana domingo a partir de las 21h. Que hable el campo.

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