Yo creía en Bojan

por @alejandromendo

Nunca antes un título nobiliario del fútbol fue tan nocivo en la carrera de un joven talento como el de “máximo goleador de las categorías inferiores del Barça”, casi nada, con el que Bojan Krkic se presentó en sociedad hace ya siete años. La suya fue una eclosión de manual: tras estrenarse con los mayores en abril de 2007 en un exótico amistoso en Egipto (con gol incluido), debutó en Liga en septiembre del mismo año, siendo el tercer azulgrana más precoz de la historia. Su primer gol oficial no se hizo de rogar y un mes más tarde se convertiría en el jugador más joven (17 años y 51 días) en marcar con el primer equipo en Liga. Yo creía en Bojan y en su frescura, innegable desparpajo y capacidad goleadora, que sorprendieron e ilusionaron a una afición culé que presenciaba atónita la decadencia de Ronaldinho y que aún no había encumbrado a Messi como tótem de tótems. De la mano de Rijkaard, que con el tiempo ha demostrado ser el técnico que más ha confiado en él, Bojan firmaría un inicio de carrera tan fulgurante como intachable y justificaría con creces su vitola de niño prodigio.

Yo creía en Bojan. Tanto es así que inmediatamente después de mi graduación y con “carta blanca” en la elección de mi (merecido, simbólico) regalo, no dude en elegir su camiseta, la verde fluor que acababa de poner a la venta el Barça. Era el verano de 2010 y en plena resaca post mundialista me senté ante el ordenador para personalizarla y adquirirla, ni siquiera se vendía aún en las tiendas. Elegí el que hasta entonces era su número, el 11 que antaño enfundaba Rivaldo y que hoy pertenece a Neymar. La posterior salida de Ibrahimovic, que en los últimos partidos ligueros había perdido su puesto de titular en detrimento de Bojan, dejó vacante el número 9, un caramelo del que Krkic no supo ni quiso privarse. Total, que antes de empezar la nueva temporada abandonó el 11 y así las cosas, mi reluciente camiseta se volvió fantasma antes de estrenarla. Pasó al limbo de las prendas deportivas, se convirtió en única, o así me lo quise tomar yo, que (aún) creía en Bojan.

Delantero ligero y versátil, con más intuición y olfato goleador que calidad técnica aunque no exento de visión de juego, se llegó a comparar su perfil con el de Raúl, si bien el tiempo nos dice que comparten poco más que el hecho de haberse asomado al primer equipo en momentos de transición, una tempranísina exposición a los focos o un caracter introvertido. Pero nada más. De hecho mi sensación es que la principal traba en la carrera de Krkic ha sido precisamente la mentalidad, punto fuerte del madridista. Las enormes expectativas generadas por el catalán se cumplieron grosso modo durante su primera temporada en la élite -diez goles en Liga son un bagaje notable para un futbolista en formación- y la llegada de Guardiola, vista desde la perspectiva del tiempo, no podía significar sino una inmejorable noticia en el proceso formativo del de Linyola. Sin embargo, algo se torció por el camino, como ocurre a menudo con los inicios meteóricos. Parafraseando al propio Pep, entre ellos no acabó de cuajar ese feeling necesario y al prometedor Bojan el irrepetible ciclo triunfal del Barça le pillo a contrapié. Duele pensar que otros niños como Sergio Busquets o Pedro se convirtieron de verdad en prodigiosos allí mismo, a pocos metros de él.

El sitio de Bojan

Asumimos que no era fácil hacerse con un hueco en el (permitidme la licencia) mejor equipo de la historia del fútbol de clubes ni desbancar del triplete ofensivo a Samuel “Voracidad” Eto’o, al primer Messi “de verdad” o a todo un Thierry Henry, pero lo cierto es que Bojan no disfrutó de minutos de calidad en aquella imparable máquina de hacer fútbol y ganar, por este orden, que encandiló al mundo. Krkic aparece sonriente en las fotos del sextete pero nunca logró sentirse protagonista de los éxitos ni quizá completamente feliz en aquel Barça de lujo. No fue partícipe, no lo suficiente. Su highlight o minuto de gloria fue la final de la Copa del Rey en la que fue titular y marcó, pero a quienes creíamos en él nos supo a poco, habida cuenta de las expectativas con las que empieza este artículo y la carrera de Bojan. ¿Fuimos injustos? Seguramente sí. Lo fue acaso Pep “pasándose de estricto” y protector con el jovencísimo delantero, trató de dosificar su presencia en el campo o simplemente no creyó en él lo bastante como para alterar las famosas jerarquías de grupo que tanto respetaba el técnico, el tiempo dijo que de forma acertada.

La vida deportiva de Bojan abre no pocos interrogantes: qué ocurrió realmente entre él y Guardiola, qué hubiera pasado en caso de aceptar la llamada de Aragonés para acudir a la Eurocopa de 2008 o qué giro hubiese dado su carrera si ese gol mal anulado contra el Inter hubiese sido validado. Lo cierto es que quienes creíamos en Bojan empezamos a quedarnos sin motivos tangibles (goles) ni intangibles (fe) para defenderle, hasta que en la final de Champions de 2011 entendimos que no estaba hecho para el Barça, o viceversa. Con el Manchester United ya en la lona, 3-1 en el marcador y a falta de pocos minutos, Guardiola decidió hacer la tercera sustitución, de esas que son más simbólicas que deportivas, el equipo acariciaba la Champions. “Ahora entrará”, pensamos muchos, que nos quedamos ojipláticos y tristes al ver que el rostro infantil que estaba a punto de saltar al terreno de juego no era el de Bojan sino el de Afellay, un recién llegado.

La final me pilló en Roma, llevaba puesta mi camiseta verde fluor, la del número 11 fantasma, y en ese preciso momento entendí que la andadura de Bojan en el Barça tocaba a su fin. Me pareció un feo gesto por parte de Pep, si no desde el punto de vista deportivo al menos desde el plano emotivo, un detalle que quedó eclipsado (para bien) por la excepcional decisión de Puyol de dejar levantar la Champions a Abidal. Al día siguiente se habló de eso, no de Bojan.

Como tantos jóvenes españoles en busca de un contexto donde expresarse, Krkic captó el mensaje y decidió buscarse la vida por el viejo continente. Mitad expectantes, mitad incrédulos, llevamos varios años observando sus peripecias de Erasmus en ciudades como Roma, Milan o Amsterdam, donde no ha gozado de continuidad a las órdenes de técnicos tan dispares como Luis Enrique -para el que ahora no cuenta en el Barça-, Allegri o Frank De Boer. Distintas ligas, distintos esquemas de juego, el mismo resultado: no pasa del notable, no sobresale, no explota, no marca ni destaca, no brilla. Cuesta admitirlo, pero he perdido la fe en una de las estrellas que vi encenderse con mayor fuerza en los últimos años y no puedo evitar desearle lo mejor en su nueva etapa en el Stoke City. Porque Krkic sabe que hay vida más allá del Barça, o eso quiere creer. Yo creía en Bojan, ahora ya no.

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