Una de Táctica

por @alejandromendo

Mis primeras nociones tácticas las recibí, casi sin querer, a través de aquella fantástica maqueta de (creo recordar) Atocha que Michael Robinson utilizaba en los primeros tiempos de “El Día Después”, quizá el mejor programa de fútbol que hemos conocido, los lunes a las 20.05 h. El bueno de Michael explicaba, con su perenne acento inglés de solemnidad futbolera, una serie de movimientos bien simples que por entonces me resultaban bien complejos: el desmarque, la cobertura, el arrastre, la permuta, el marcaje. La sección no era ni mucho menos la más interesante ni aplaudida de la transmisión, pero tanto la capacidad comunicativa de Robin como sobre todo, dada mi edad, esa exposición lúdico-didáctica de nociones tácticas consiguieron engancharme y me iniciaron en un mundo que no siempre he valorado justamente, ya sea por romanticismo o pereza. Y me explico.

Que “en el fútbol está todo inventado” no es verdad, no del todo. Lo demuestra cada cierto tiempo algún entrenador visionario que consigue dar una vuelta de tuerca a esquemas tácticos del pasado. No daré nombres; pocos inventan algo 100% novedoso, es cierto, pero sí existen cabezas pensantes que desde la banda dirigen a otras cabezas menos pensantes, las de los futbolistas, dotadas de pulmones o pies privilegiados capaces de ejecutar ideas que a día de hoy nacen acaso en un despacho, delante de un iPad o, si preferimos ponernos tiernos, en una servilleta de bar donde el bolígrafo no escribe nunca bien a la primera.

A menudo tengo la sensación de que muchos entrenadores ex-jugadores, los de mente preclara al menos, tratan de que sus jóvenes pupilos plasmen sus ideas sobre el campo, ideas que han llegado demasiado tarde, piensan resignados los técnicos, cuando han decidido estudiar o analizar con paciencia y devoción el maravilloso juego que es el balompié. Justo lo que no pudieron o quisieron hacer mientras eran ellos mismos los actores principales y se dedicaban a asentir en las charlas previas a los partidos, sonrientes si estaban en el XI titular, ausentes si habían de comer pipas en el banquillo. Algo que ya no se ve, ni porteros con gorra.

Pero vuelvo a mi infancia futbolística. De niño uno ve partidos con los ojos puestos en esa golosina adictiva que es el balón, bastante tiene con seguir el desarrollo de un encuentro “donde pasa la jugada”, o eso cree, y no se detiene en un jugador determinado. Con el tiempo aprendemos a analizar otras variables de eso que algunos intentan definir como “el juego”, nos hacemos mayores y nos interesa, aunque sólo sea por probar, la táctica, lo que ocurre lejos del balón o los movimientos de un individuo en el verde. Seguimos entonces con la mirada durante unos minutos a Xavi. Este tío, pensamos, parece que tenga ojos en la nuca, siempre realiza un levísimo giro de cabeza y antes de recibir sabe ya perfectamente cómo colocar el cuerpo, hacia dónde saldrá el pase, cómo orientar el control, qué compañero ha iniciado un desmarque de ruptura, con qué velocidad ejecutar el pase y decide si a ras de suelo o elevándola. Me cuesta más escribirlo que a él pensarlo.

Los dueños de la galleta

Xavi, como Xabi Alonso, Busquets, Pirlo o Kroos, por citar algunos de los últimos pensadores del centro del campo, se convierten en consumados jugadores de Tetris e interpretan la táctica, eso que nos intentaba enseñar hace años Michael Robinson, desde la sala de máquinas de cada equipo, que suele ser lo que de niños conocíamos como la galleta. De ahí que escuchemos que tal jugador es la extensión de tal entrenador en el campo, se ha puesto muy de moda definir así al enchufado del míster, por decirlo en jerga de vestuario. El Gabi de Simeone, el Xavi de Pep, el Deco de Rijkaard, el Busquets de Del Bosque, si preferís. No estoy diciendo que todos los futbolistas deban ser inteligentes y dotados de magníficas habilidades espacio-temporales, además de las técnicas, como los citados al principio de este párrafo. Es más, a veces es productiva una sana dosis de ignorancia futbolística en toda plantilla, con todos los respetos. También se necesitan jugadores temerarios y anárquicos, de esos que nos desesperan y enamoran dependiendo de si entra la pelotita. Un mix de cabezas pensantes, jugadores disciplinados, obreros fiables del esférico, valientes atletas y cumplidores del lateral derecho. No offence. Quienes hayáis jugado al fútbol me entenderéis.

Lo que sí parece evidente es que un entrenador necesita dos o tres intérpretes aventajados en el aspecto mental para dar sentido a los garabatos de pizarra o las fichitas de la maqueta de Atocha, y si los empollones son miembros del centro del campo, mejor que mejor.

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