Actitud con C

por @alejandromendo

A pesar del ínfimo valor atribuible al cambio de año natural en el mundo del fútbol, la semana pasada abracé sin titubeos el dogma que el entrañable Barney Stinson proclamaba a su conveniencia cuando llegaba el momento de pasar página, ya sabéis, aquello del new is always better. Venimos de un año tan malo y desolador, me dije, que me aferraré a la ilusión poco más que óptica de ver un dígito diferente en el calendario para encarar este 2015 con el optimismo que caracteriza cada nueva etapa, aunque la novedad no sea tal sino estudiada autoimposición, hoja arrancada de cuajo de ese cuaderno donde planeamos que todo va a mejorar, que “este año sí”.

Así las cosas, me fue inevitable esbozar una incrédula y acaso infantil sonrisa tras el pitido final del Valencia-Real Madrid que descartaba la inmortalidad de los de Carletto. Mientras mi escepticismo saltaba por la ventana —la euforia no entiende de edades— me vino a la mente una imagen nostálgica y muy futbolera, la de un grupo de críos que conocíamos, poco antes de comenzar un partido, la noticia de un inesperado pinchazo de nuestro rival en otro campo, algo que hoy día, en la época de Twitter y Whatsapp, resulta banal pero que por aquel entonces suponía un subidón de adrenalina y consiguiente cosquilleo en el estómago que quienes habéis recibido el chivatazo entre húmedas paredes que huelen a Reflex sin duda entenderéis.

Vamos, chavales.

Imaginé, por tanto, que los tecnológicos Neymar o Piqué deslizaban ávidos su dedo índice por la timeline y comunicaban joviales al resto del equipo que la derrota de los blancos en Mestalla abría la posibilidad de auparse hasta un inmerecido, circunstancial pero simbólico liderato de la Liga. Oportunidad de oro para los culés y para el ventajismo ilustrado de periodistas que estos días llenarían columnas —que nadie lo dude— con eso de “pues este Barça tan desastroso está por encima del excelso Real Madrid, vaya, vaya”. Pero vuelvo al vestuario. Visualicé a un risueño Dani Alves que apagaba su iPod mientras Masche y Leo apuraban su mate y se ahogaban las últimas risas y conversaciones: era el momento de la charla técnica de Luis Enrique.

El resto ya lo sabéis. El enésimo “ataque de entrenador” programado de Lucho suponía empezar 2015 con Messi, Neymar, Piqué, Rakitic y Alves en el banco, un revival de muy mal gusto del partido de Almería, una tarde soleada y aciaga que los culés de buena memoria recordamos a la perfección. Como al entrenador le pagan para tomar decisiones y Luis Enrique se encarga de recordárnoslo cada semana, me abstuve de comentar esta inoportuna guardiolada, respiré hondo y decidí formar y expresar mi opinión tras los primeros 45 minutos. El órdago del asturiano y su infeliz reparto programado de minutos podían justificarse con algo tan antiguo como el propio fútbol: “la actitud con c”, como decía un entrenador mío. Pues bien, ni rastro de actitud en una primera parte sonrojante en la que los arriesgados sustitutos de las vacas sagradas volvieron a no responder al técnico; un desdibujado Mathieu, un inoperante Pedro y un inocuo Munir no devolvieron la confianza al kamikaze que les entrena (por ahora) y firmaron, junto al resto de sus compañeros, un primer tiempo para olvidar, otro más. Hablo de memoria y me duelen los dedos al escribir esto, pero el centro del campo Busquets-Xavi-Iniesta ha sido titular en dos ocasiones, Bernabéu y Anoeta, las dos derrotas más dolorosas del curso.

Considero que el reparto de minutos es necesario y positivo a lo largo de una temporada, siempre que la (dichosa) programación tenga como objetivo enchufar al mayor número de componentes de la plantilla, premiar los esfuerzos de todos, fomentar la implicación y lograr que la gran mayoría se sienta partícipe de los éxitos del grupo. Rotar porque sí, no. Ser inflexibles con la (dichosa) programación, tampoco. Subrayar de forma exagerada la autoridad y anteponer la propia jerarquía al bien del colectivo, que es en pocas palabras lo que hizo Luis Enrique ante la Real, demuestra inseguridad y falta de inteligencia. Las caritas de Leo y Neymar no invitan a pensar que hubieran pactado o negociado la suplencia con el técnico antes de las vacaciones de Navidad y, seamos claros, la derrota del Real Madrid cambiaba drásticamente el escenario; el primer partido del año se convertía por arte de magia en el partido más importante del año, aunque queda claro que Lucho no comulga con el Cholismo y no lo transmitió así a sus pupilos.

El factor humano

Todo apunta a que, gracias a sus avanzados programas de gestión de plantilla y optimización física del grupo, el cuerpo técnico del Barça había determinado con precisión quirúrgica que el domingo era el momento de sentar a los cracks  —supongo que para tenerlos frescos de cara al trascendental choque contra el Elche en Copa del Rey—. Era obligación del míster modificar sobre la marcha el plan existente y poner toda la carne en el asador en San Sebastián; si de verdad este equipo está obsoleto en lo físico, lo táctico o lo anímico, el aficionado merecía al menos ver 15, 20, 25 minutos iniciales en los que los titulares volasen sobre la hierba, un Barça en tromba y con hambre de liderato hasta que durasen las pilas. Nada más lejos de la realidad.

Sin obviar la caótica situación institucional que vive el club ni exculpar del todo a los futbolistas, esta insólita falta de actitud y la alarmante aleatoriedad en el juego son absolutamente imputables al entrenador, que ha agotado su crédito antes de que se disputen los títulos. Si bien personalmente creo que Luis Enrique va a salvar el supuesto match ball de los partidos ante Elche y Atlético de Madrid esta misma semana, su destino en el banquillo culé parece ya escrito y puede que la alineación de autor que quiso firmar en Anoeta represente el casus belli de la guerra contra su propia parroquia, que ya no cree en él como conductor de la nave.

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2 pensamientos en “Actitud con C

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