Pues a mí este Mundo me gusta

por @alejandromendo

Vivimos tiempos en los que el concepto de competencia está no sólo bien visto sino interiorizado y asimilado por la sociedad como algo natural y positivo; a menudo escuchamos aquello de “pues bendito problema” para el entrenador cuando se ve obligado (por la competencia) a elegir entre dos notables guardametas como Bravo y ter Stegen —la té minúscula, estimados puristas del lenguaje o meros asiduos de Wikipedia— o rotar un trío de centrales de primer nivel como el formado por Ramos-Pepe-Varane.

A los más jóvenes, por tanto, nos cuesta imaginar el no tan lejano mercado de los monopolios, abrumados por la oferta como estamos. Se nos hace inevitable comparar, ay, en tantos aspectos de nuestra vida.

Pero hubo un tiempo. Hubo un tiempo en que no disponíamos del Rastreator de turno y el ciudadano de a pie asociaba de forma más o menos natural un determinado servicio o actividad a una marca —pero un momento, a lo mejor no eran marcas por entonces, quizá no, eso vino después— muy concreta y reconocible; la factura mensual telefónica llegaba puntual a nuestras casas procedente de, eso, Telefónica, y si se deseaba enviar un correo (no electrónico, por Dios), uno se dirigía allí, a Correos y Telégrafos, debían tener alguno allí dentro. Un telégrafo, digo.

Aquellos tiempos correspondían grosso modo con la era de las plantillas cortas, que cabían en dos páginas del álbum de cromos de Panini, si acaso con un par de fastidiosos colocas. Había un portero titular —uno solo, y todos tenían claro quién era, empezando por el suplente— que disputaba todos los minutos y partidos, en ocasiones con gorra, si el sol apretaba en Tenerife, fatídica isla donde “pasaban cosas”.

Se podía alinear un máximo de tres extranjeros, por lo que carecía de sentido contar con más de cuatro o cinco en plantilla (ya he dicho, plantillas cortas, el diccionario explicaba el término rotación con acepción astronómica, en ningún caso deportiva).

Eran tiempos en los que una competición entrañable como la Recopa —que hoy día resultaría molesta a todas luces, inoportuna e insostenible para un equipo grande; un trámite, un marrón— gozaba de insólito prestigio. El otro día y casi sin quererlo, un amigo interista y yo llegamos a la conclusión de que la solera se la otorgaba precisamente su nombre; la Recopa, la Coppa delle Coppe en italiano (Copa de las Copas, un Copón, vaya). Se nos frenó rápido el entusiasmo cuando me confesó que en inglés la denominaban con un aséptico Cup Winners’ Cup, la Copa de los Campeones de Copa, qué poco gancho el de los inventores de todo esto. Claro que eso también cambió, con el tiempo.

Cuanto escrito hasta aquí puede indicar que yo tenga predilección por esos tiempos respecto a estos —como si de algo sirviese preferir, como si de algo sirviese decir y decirnos que “cualquier tiempo pasado nos parece mejor” y renegar siempre, sistemática y puerilmente, del presente, al menos de puertas afuera—. O puede entenderse que yo encuentre el panorama actual desolador o que “si stava meglio quando si stava peggio“, como dicen en Italia, el equivalente aproximado a la canción del Baúl de los Recuerdos (u-uh).

Pero no es así. A mí este Mundo (y por obvia extensión este Fútbol) me gusta. Reconozco que, en palabras del escritor Javier Marías en una reciente entrevista: “está pasando una cosa muy rara y muy angustiosa. El tiempo está alcanzando al tiempo. El presente ya es pasado; el presente ya es percibido como pasado. Lo que acontece inmediatamente pasa a engrosar las filas de lo ya pasado“.

A muy principios de año escribí con no poca desolación (o era enfado) cómo este Barça, el mismo que ahora opta al Triplete, era un barco a la deriva cuyo caracterial timonel asturiano daba palos de ciego en lo táctico y en lo disciplinario. Un mes y poco más tarde —y cuánto es, objetiva o cuantitativamente, un mes y poco en una vida— la película es completamente distinta, el escenario ya no es tétrico ni el guión apocalíptico, los actores enamoran como el mejor Clark Gable y el siempre voluble entorno blaugrana es de nuevo Disneylandia, por citar al jugador con mejor dicción en plantilla, de largo, el jefecito Mascherano.

Por no ceñirme exclusiva y temo subjetivamente al bando culè, admito observar cómo el tiempo también alcanza al tiempo en la capital. Y conste que mi uso de “la capital” no es peyorativo, como sucede demasiado a menudo desde Barcelona, sino descriptivo —qué difícil resulta hoy día que a uno lo tomen por descriptivo, estamos rodeados de matices, y eso también me gusta, del Mundo de ahora—.

El Atlético ascendió con merecimiento a los cielos tras borrar del mapa local al vecino rico, pero una semana y pico más tarde —y cuánto es, objetiva o cuantitativamente, una semana y pico en una vida— se dejó puntos y credibilidad en Vigo. Deshizo cuanto andado, se desdibujó y las cuatro unidades de distancia (aún tiro de piedra en el fútbol, o eso nos gusta pensar) volvieron a ser siete, como por arte de magia. Neptuno bajó del Cielo al Infierno; hoy pasar por el Purgatorio es un lujo que pocas veces se nos concede, ni siquiera a quien gobierna aguas y mares.

Los blancos, por su parte, tampoco se libran de la vertiginosa y mundanal velocidad del presente, a pesar de su autoproclamada épica, su innegable gen ganador y su aureola ascética y mística. Han agotado ya hace tiempo el crédito de la Décima, esa copa reluciente que Casillas alzó al cielo aún con el susto en el cuerpo después de un episodio especial de Salvados por la Campana grabado en Lisboa. Personalmente me niego a aceptar el pretexto del cansancio físico y mental y esa supuesta desconexión sufrida tras el Mundialito —como llevamos un par de meses escuchando, como nos llevan un par de meses vendiendo, esa es la palabra—, una competición que podrían ganar con discutible holgura los filiales de Barça, Real y Atlético, dicho de forma deliberadamente irrespetuosa.

Su afición, exigente como pocas, demanda con razón a los suyos que vuelvan a ponerse las pilas, o a recargarlas con urgencia, aunque Ancelotti haya tenido a bien no cambiarlas durante meses, porque como afirma Marías —madridista convencido él, nadie es perfecto—: “parece como si las cosas, por el mero hecho de hacerse presentes, pasaran inmediatamente hacia el pasado“. Se las pondrán más pronto que tarde, las pilas, y nadie recordará la empinada cuesta de enero que atravesaron.

Pero abramos la ventana, ventilemos

Estos son también tiempos de viajar mucho (con la mente a veces, con el cuerpo siempre que podemos), lo importante es compartir una foto debidamente filtrada y que se sepa dónde vamos, no tanto por qué. Dando un paseo por Europa encontramos más y más variados ejemplos de esta suspensión del tiempo presente que nos toca vivir. Voy a mencionar dos pero hay infinitos, en realidad detecto que no terminaríamos nunca.

El primero es el del ingeniero Pellegrini —pero le llaman ingeniero sólo en la derrota o si las cosas se tuercen, algo que sucede a menudo últimamente, os habéis fijado—, que escucha ya la molesta cantinela de “su saldo está próximo a agotarse” cada vez que llama por teléfono; otra temporada sin títulos gordos se antoja insoportable en un contexto deportivo vanguardista, ambicioso y pudiente, sobre todo esto último, como el del Manchester City.

Huelga decir que el crédito del chileno, sensiblemente menor que el cosechado por Carletto tras la Décima, se extinguiría del todo si las sonrisas de anuncio de Colgate del tridente ofensivo barcelonista luciesen impecables tras la inminente eliminatoria europea. Si lograse, en cambio, dejar por el camino a Messi y compañía, la actual diferencia de puntos en la Premier respecto al Chelsea (son siete mientras escribo estas líneas) se reduciría emocionalmente en un chasquido de dedos, y todo cambiaría en un instante —y cuánto es, objetiva o cuantitativamente, un instante en una vida— como si nada de lo anterior contase, como si todo fuese de nuevo posible, o más concretamente, nunca hubiera dejado de serlo. Por esta mágica incertidumbre, y por otras muchas cosas, a mí el Mundo de ahora me gusta.

Dentro de las otras muchas cosas se encuentra mi segundo ejemplo, el del futbolista alemán Marco Reus, el crack que viene, o no, ya lo veremos. Hace algunas semanas, más o menos cuando el Barça era un caos deportivo e institucional y había que cerrar el chiringuito, para situarnos, el Borussia Dortmund no coqueteaba como se suele decir al hablar de la parte más baja de la clasificación, donde no percibo en los equipos ganas de ponerse guapos precisamente, más bien de huir de ahí lo antes posible, sin mirar atrás, como hacemos todos al alejarnos de algo o alguien que nos avergüenza— con los puestos de descenso; vivía instalado en ellos, insólita e inexplicablemente.

La vuelta de Reus ha supuesto encadenar tres victorias, subir la escalera de la Bundesliga con admirable celeridad pero sobre todo cambiar radicalmente el estado de ánimo de un grupo que había acumulado crédito de sobra en las últimas temporadas —tras ‘robarle’ algún título en Alemania al todopoderoso Bayern o acariciar la gloria dejando escapar una finalísima de Champions ante el acérrimo rival, un cuento de hadas demasiado parecido al del Atlético del Cholo el año pasado— y se veía ahora ahogado por las urgencias domésticas. Con el rubio Reus sobre el verde ya no se tiene el agua al cuello, se mira hacia arriba en liga y la Juve, pareja de baile en octavos, parece menos Juve. Como se lee habitualmente en Twitter, o ya menos: “¿casualidad? No lo creo.

Gracias a los infinitos recursos a nuestra disposición, y de forma más general a Internet, hemos podido averiguar el porqué de algunas curiosas celebraciones de Reus en los últimos meses. Celebraciones de goles, las que de verdad me interesan porque ocurren sobre el césped, no cumpleaños o fiestas (que los futbolistas, en calidad de personas, tienen derecho a celebrar, faltaría más, hay quien debe de pensar que son autómatas) que, convertidas en noticia de las de rápido click, aportan poco o nada a los amantes de un deporte y sus entresijos.

Por lo visto, o como los periodistas tienen por costumbre afirmar, “se ha filtrado” que Reus perdió (o ganó, tanto vale) una apuesta con algún amigo, una apuesta según la cual debía festejar sus goles emulando unos famosos emoticonos del popularísimo Whatsapp —sobre el que aún no pende la espada de Damocles temporal de la que vengo hablando, pero todo se andará, y pensaremos ‘qué viejo todo aquello, cómo podíamos’—. Valga como ilustración de la divertida historia la imagen que encabeza este artículo, y como prueba, otra más, de que el Mundo, este de ahora, no está tan mal.

Hemos sabido también que Reus cuenta con un saludo personalizado para cada uno de sus compañeros de equipo, con quienes realiza el brevísimo y empático ritual al terminar los partidos. Nada que no hayamos hecho (o intentado, se requieren gran compenetración e inventiva) en el colegio o en el barrio, de ahí la relevancia del gesto para quienes concebimos esto del fútbol como “una recuperación semanal de la infancia“, pero de esto hablaré en otra ocasión, ya hay demasiado de Marías en este post. El siguiente vídeo recoge la curiosa ceremonia en sólo 32 segundos —y cuánto son, objetiva o cuantitativamente, 32 segundos en una vida—. 

Sí, quizá esta velocidad inexorable y esta exigente caducidad que todo controlan sean el peaje que hemos de pagar por un infinito —algunos dirán que demasiado vasto, inabarcable— acceso a todo tipo de informaciones, no siempre contrastadas, o casi nunca.

Pero. Siempre hay un pero. Las cosas que suceden ahora, en este momento, son irrepetibles; no tanto en el sentido de originalidad —ya nos gustaría, ya. Todo se repite y el fútbol a su modo también, los famosos ciclos, los fines de ciclo— cuanto de unicidad.

Y qué remedio. Este es el Fútbol que nos toca, el de nuestro tiempo, un tiempo que dentro de un tiempo, valga la redundancia, nos parecerá un tiempo mejor, así somos. Y este, por obvia extensión, es el Mundo que nos toca, que también nos parecerá mejor dentro de un tiempo, porque no podemos decir “dentro de un Mundo”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s