Ver para Creer

por @alejandromendo

Hace tres temporadas, con los capitanes generales Guardiola y Mourinho a los mandos de las armadas culè y madridista, vivimos una situación peligrosamente similar a la actual; llegaban unas semifinales de Champions con sabor a trámite, una especie de entrante necesario antes del plato fuerte, La Madre De Todas Las Finales que, nos decíamos convencidos, veríamos sí o sí. Pero no.

La ecuación de entonces veía protagonistas a Real Madrid, Barcelona, Bayern y Chelsea, con los ingleses de tapados; “un escalón por debajo de los otros tres”, “es ya un premio que hayan alcanzado las semis“, leímos en su día de los Blues y leemos hoy de los Bianconeri. No aprendemos. La ecuación en este 2015 es, repito, peligrosamente similar, basta sustituir la incógnita Chelsea por Juventus.

En los banquillos encontramos más deliciosos paralelismos, destinos que se cruzan. El papel de cenicienta que bordó Di Matteo —quien a la postre, o de postre, alzaría la Copa, algo que no concebíamos tras el sorteo— lo encarna este año otro italiano, un enérgico Max Allegri que se medirá al Madrid de otro compatriota suyo que también entrenó a Juve y Milan, Ancelotti. El bueno de Carletto masca chicle nerviosamente en la banda mientras se debate entre lo que le dicta el corazón (4-3-3) y la cabeza (4-4-2) y completó el año pasado en Lisboa el trabajo para el que había sido elegido Mou, la ansiada Décima. El luso se quedó a las puertas en tres ocasiones, para el italiano fue “llegar y besar el Santo“.

Pep, que en su día cogió las riendas del Barça post-Rijkaard con dos Champions en las vitrinas del club y logró duplicar el botín en un sólo ciclo, se enfrenta ahora a “los suyos” desde el banquillo visitante y mirará con nostalgia a su izquierda, al área técnica desde la que hoy día pilota la nave Luis Enrique. En la semifinal no habrá bufanda XL con la que esconder su expresión facial ni brazo cercano al que agarrarse para atenuar la celebración de un gol o travesura futbolística de Messi. Guardiola es muy de Coldplay, pero algo nos dice que tarareará Corazón Partío en algún momento de la eliminatoria.

Si en 2012 el Barça sonrió (equivocadamente, de eso trata este artículo) tras el sorteo, en 2015 la sonrisa (equivocada o no, lo sabremos en unos días) la ha esbozado el Real Madrid, que bailará con la Vecchia Signora. El outsider de esta edición llega a la cita, como el Chelsea de Drogba y compañía en 2012, sin presión aparente. La Juve saltará al campo el martes con los deberes hechos tras haber conquistado ayer mismo el cuarto Scudetto consecutivo, inmersa en una infantil pugna matemática entre quienes sostienen que los títulos de Liga son 31 y quienes se obstinan en “contar” los revocados (secuelas del Moggigate, no os quiero aburrir). Como dicen acertadamente por aquí, “la matematica non è un’opinione“.

Pero hagamos memoria (que con Youtube es fácil)

Curiosamente, en aquella Final Four futbolística de 2012 —no tardarán nuestros ojos en ver algo parecido, pero ese es otro tema— salieron vencedores los conjuntos que disputaron el partido de ida en casa, en contra de la creencia popular que afirma que es mejor empezar fuera.

Por un lado, un Barça de luto tanto en la vestimenta negra como en el espíritu, perdió 1-0 en Stamford Bridge después de desaprovechar no menos de tres o cuatro ocasiones claras de gol, travesaño de Alexis y despeje sobre la línea de Ashley Cole tras vaselina de Cesc incluídos. Un contragolpe quirúrgico —recuerdo pocos mejor ejecutados, a mayor velocidad y con menos toques— lanzado por Lampard, trenzado por Ramires y culminado por Drogba puso la eliminatoria patas arriba. Todo muy made in Barça, lo de perder mereciendo algo más y lo de encajar de contraataque; la vuelta en el Camp Nou, no obstante, invitaba a la esperanza.

Por el otro lado del cuadro, un Real Madrid tan blanco como blando se vio superado aquella noche por el oficioso Bayern del incombustible Heynckes, si bien aquel 2-1 (Ribery, Özil tras inusual asistencia de Cristiano, Mario Gómez) en tierras germanas no pareció insalvable habida cuenta del inminente partido de vuelta en el Bernabéu de las remontadas y Juanito.

En los partidos de vuelta, ambos en territorio español, sucedieron episodios que todos recordamos a la perfección, por insólitos, sin necesidad de acudir a Google ni Youtube. Sirva como aviso a navegantes.

Todos recordamos lo pequeña que se le hizo la portería a Leo Messi, acaso por primera y hasta hoy última vez en su carrera deportiva, antes de lanzar el penalti que estrelló en el larguero de un inmenso —por envergadura y por nivel exhibido en la eliminatoria— Peter Cech. Quién sabe si el eco del travesaño que tiembla fue el empujón definitivo que (des)animó a Guardiola a abandonar Can Barça aduciendo lo que ya sabéis, que “el cinturón aprieta”. 

Todos recordamos a un Barça volcado, atacando en estático en ese partido de balonmano que sólo se puede presenciar en el Camp Nou, intentando herir a un Chelsea cómodo en apariencia que lucía para la ocasión una novedosa equipación blanca con detalles azules y amarillos que no volvimos a ver (pero que recordamos). En aquel contexto apareció Fernando Torres, quién si no, que pudo galopar y galopó en solitario durante 40, 50 o quizá 60 metros de un campo inclinado al estilo Oliver & Benji para batir con ceremonial frialdad a un Víctor Valdés vendido. 

Con todo merecimiento y por sopresa, para qué negar ambas cosas, el Chelsea estaba en la Finalísima y cierto diario madridista que siempre que puede se autodefine imparcial —bueno, acabo antes diciendo el nombre, fue el Marca— no dudó en publicar una de esas portadas que hacen historia y que alimentan la sana polémica en tertulias de barra de bar y grupos de Whatsapp: “Tú No Falles”, escribieron con malicia entre dos imágenes de Messi y Cristiano Ronaldo, en clara alusión al errático lanzamiento del argentino. 

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Como ocurre con la creencia de que es mejor terminar las eliminatorias jugando en casa, ciertos futboleros abrazan teorías dispares sobre la conveniencia de jugar el día antes o el día después del archienemigo; en 2012 el Chelsea mandó a la cuneta al Barça antes del partido del Madrid, en caso contrario no hubiese existido la portadita en cuestión.

El caso es que durante el Real Madrid-Bayern de aquel miércoles de finales de abril de 2012 los penalties, en plural, volvieron a ser protagonistas. Resulta que Cristiano sí falló —convirtiendo la fatídica edición de Marca en un incunable de la prensa deportiva moderna— desde los 11 metros, en una tanda surrealista que Mourinho presenció atónito y de rodillas, en absoluto preocupado por la plausible mancha que encontraría después en su pantalón, ojiplático al comprobar cómo tres de sus figuras, el citado Cristiano, Kakà y Sergio Ramos, erraron los lanzamientos de penalti.

Aunque han pasado tres años, en la memoria de todos permanece indeleble la blanquísima piel de un pletórico Schweinsteiger, autor del gol decisivo, y su consiguiente celebración digna de un turista teutónico en Magaluf, camiseta al viento.

Bayern y Chelsea llegaron a la Final en 2012 y quienes nos frotamos las manos tras aquel sorteo acabamos frotándonos los ojos ante lo acaecido en las eliminatorias (mención especial para los partidos de vuelta).

Decir que hemos aprendido la lección me resulta demasiado optimista, pero sí me gustaría encarar estas semifinales contemplando —aunque sea sólo eso, contemplar— la posibilidad de que la Final no sea un Barça-Real Madrid. 

Si la “Madre De Todas Las Finales” llega, que llegará algún día, la disfrutaremos.

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