Cuando Fuimos Los Mejores

por @alejandromendo

Le pilla a uno el inicio de temporada algo aturdido, a menudo en chanclas y con el after sun enfriándose en la nevera; el verano no ha sido como aquellos veranos, lo único en común la cruel brevedad o acaso ya ni eso. Se finge uno despistado y piensa, o si hay gente alrededor pregunta con tono olvidadizo, “a qué hora era el Barça hemos dicho, a las 7, ¿verdad?“, y enciende perezoso el aletargado ordenador. Al apretar el botón de on renueva automáticamente sus votos, el compromiso con el equipo una temporada más. No hay aumento de cláusula, petrodólares, flecos en la negociación o variables por objetivos que entorpezcan mínimamente la operación: allá vamos. Mientras windows termina de actualizarse se repite uno mentalmente —depende del estado de ánimo, el fútbol es un ídem— aquello de “un año más, un año menos“. La vida. 

De mitad de agosto a mitad de mayo celebra uno el sagrado ritual del streaming con peculiar y puntualísima devoción, encomendándose a santos virtuales, páginas web de dudosa ética que aparecen y desaparecen cual río Guadiana a lo largo del curso futbolístico. Se sorprende uno venerando a comentaristas de idiomas más o menos exóticos que acompañan en soleadas o frías o nubosas tardes de finde; juglares entrañables del s.XXI que narran las hazañas de héroes globales con tatuajes como Messi o Neymar. Volviendo al calendario, existen además reglas no escritas que dictan que, de semifinales de Champions en adelante, es de recibo personarse en el pub de confianza (y por “de confianza” quiero decir allí donde el Barça haya cosechado resultados impecables, ya se sabe, si se perdió la culpa es del pub, del aire acondicionado, de la chaqueta verde con capucha que llevaba uno ese día o del audio en portugués, no jodamos) y evitar así una de las enfermedades más frecuentes y dañinas de nuestros tiempos: el link entrecortado.

Así las cosas, se pasa uno el mes de mayo metido en el pub abrazando a apasionados juventinos los martes y celebrando (casi) en solitario las obras de arte de Lionel y compañía los miércoles. Cuando es uno ya un exjoven, presentarse en el trabajo afónico un jueves o que los camareros te llamen por tu nombre y te inviten a una porque “ma cosa ha fatto Messi?” puede querer decir sólo una cosa: que a tu equipo le está yendo rematadamente bien. Ha sido el caso del Barça en esta atípica temporada in crescendo.

Como he escrito varias veces y he dicho en persona a mis amigos futboleros (que me preguntaban por el radical cambio de look culè mitad curiosos, mitad atónitos), sigo sin saber si Luis Enrique dio con la tecla cuando dejó de probar muchas teclas o si dejó de probar muchas teclas cuando dio con la tecla. Qué más da ya. De manera deliciosamente incomprensible —un poco como cuando Xavi en sus tiempos (ay) recibía el balón en el centro del campo y, pum, magia, los compañeros y rivales parecían ordenarse ellos solitos, y el juego volvía a fluir armonioso— este equipo atlético, vertiginoso, más letal y menos mandón que sus anteriores versiones empezó a carburar ergo ganar ergo levantar copas por inercia.

Manchester City, PSG y Bayern en Champions; Real Madrid y Valencia en Liga; Atlético y Villarreal en Copa: equipos de todos los colores que sin excepción pasaron por caja en una primavera antológica azulgrana que propició una situación anómala en la historia del fútbol. Y es que “si no me falla la memoria” —como dicen los malos comentaristas televisivos mientras leen los datos que el becario imprimió para ellos y su lucimiento en impecable folio blanco— es la primera vez que un equipo dispone de cuatro bolas de partido para conquistar el glorioso Triplete.

En la Liga había colchón y en una simbólica tarde de sol madrileño, bastó una aceleración de el de siempre para batir con insultante y precisa suavidad a Oblak tras milimétrica pared dentro de un área hiperpoblada por las piernas más aguerridas de Europa, las de la defensa atlética. Messi decidió que la Liga se ganaba de amarillo chillón (el marketing) y en casa del vigente campeón (el karma). En la Copa el equipo acudió a la cita bien peinao y con el refrán revisitado de “no hay tres sin dos” impreso en la mente, lidió a los leones durante un ratito y ejecutó a su presa a la media hora de choque. El de siempre rompió la baraja desde la línea divisoria; pegado a banda derecha, acaso para decirle a Luis Enrique “atiende a lo que voy a hacer“, fue zafándose de cuantos rivales vascos le iban saliendo al paso hasta dibujar su enésimo capolavoro embocando en el palo corto de Herrerín. Infunde no poco respeto describir con palabras terrenales cualquier gol o slalom del divino Messi, uno casi prefiere que hable él con el esférico, que lo hace como nadie nunca.

La guinda a este apetitoso pastel que cada año degustamos y que nunca nos sacia (hablo del fútbol, de qué si no) había que ponerla en la final de Champions, que esta temporada sin Mundial ni Eurocopa en el horizonte quedaba algo desconectada del flujo emocional y competitivo del curso. Me sobrevino en la semana previa a la Partitissima una pequeña desconexión, similar al sentimiento que nos asalta al terminar una exigente sesión de exámenes o al presentar un Proyecto Fin de Máster, algo así.

Tendré la barriga llena“, pensé parafraseando a Guardiola mientras esperaba el ascensor, aunque despejé la idea con la contundencia de Mascherano antes de subirme. “A lo mejor no estoy nervioso porque lo veo hecho, dai, es la Juve“, me sorprendí cavilando en la cola del supermercado. El pensamiento también se había evaporado como la crisis post Anoeta para cuando hube de pagar en caja. Se acercaba inexorable el día y, con la inestimable ayuda de los medios italianos y del optimismo controlado de mis amigos juventinos, logré ir entrando mentalmente en el partido. “Esto no sucede tan a menudo, eh“, me fui autoconvenciendo y animando, o “va a ser complicado, y no sé si lo resolveremos en los 90 minutos“, fueron mis últimas frases de cabecera antes del día clave.

El sábado se hizo eterno, como lo es ya este equipo. Meses y meses de minucioso streaming, años y años de barcelonismo —y no precisamente del pesimista, quien me conoce y/o me lee lo sabe bien— condensados en las horas previas al encuentro en Berlín. Cosquilleo. Una vida que seguir escribiendo a partir de las 20.45 de un 6 de junio de 2015. Por supersticción o por mero y humano nerviosismo, prueba uno a rescatar viejos ritos; que si la final de Wembley la vi con tal camiseta, que si la de Roma con tal amigo o con tales calzoncillos, aunque pronto descubre (entre aliviado y sorprendido) que cambia todo tanto, los jugadores que adoramos, las camisetas que nos ponemos y nos quitamos y echamos a lavar, las ciudades donde vivimos… que es fútil replicar antiguos rituales que no garantizan ni nuestra propia tranquilidad.

Porque a eso de las 20.43 la tensión es insostenible, el corazón se nos sale por la boca y late acelerado como cuando vemos a esa chica (o más, a quién queremos engañar a estas alturas) y nos recuerda que estamos vivos, cuánto estamos vivos.

Dos horas más tarde apretamos los puños, abrazamos fuerte y con sinceridad, llamamos por teléfono a las personas que de verdad cuentan, recordamos a quien falta pero está, los ojos nos brillan de fútbol y de Barça, brindamos.  En medio del sueño y justo antes de irse, Xavi levanta al cielo la Copa y llueven papelitos de nuestros colores preferidos, que nos recuerdan que somos los mejores.

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3 pensamientos en “Cuando Fuimos Los Mejores

  1. He estado haciendo memoria y recuerdo todas las finales de champions desde el 94, y de gran parte el sitio donde las disfrute (?)

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