De sinónimos y mantas

por @alejandromendo

Por extraño que pueda resultar, el concepto de manta aparece sin previo aviso en tu vida futbolística ya desde sus (que son tus) comienzos. Una magnética mañana de invierno llega inflexible y para quedarse. Lo hace a través de dos acepciones del término, bien distintas pero mágicamente complementarias; la femenina utilísima, cruel y jocosa la masculina. Aunque eres y estás aún muy tierno como persona y como jugador —te das la vuelta en miedoso acto reflejo ante un disparo rival, se te saltan las lágrimas tras una entrada de tarjeta, por suerte se ven pocas en esas categorías—, aprehendes rápido que no es lo mismo una manta que un manta. No tienes edad ni tiempo para debates semánticos (lo que tienes es frío), por lo que registras una nota mental espontánea y concisa como lo son las cosas durante la infancia: “las mantas y los mantas, ni verlos”, te dices mientras tiras enérgicamente hacia arriba de las medias. Resoplas.

La primera vez nunca se olvida.

Me refiero a la primera vez en el banquillo, sí, esa mañana de sábado en la que el manta (que juega en tu posición) y la manta (con la que combates los grados bajo cero de la meseta) llaman con violencia al timbre de tu imberbe carrera deportiva y te despiertan bruscamente mientras te* soñabas otro plácido hat trick de patio de colegio, tu zona de confort, el hábitat donde dominas y sometes y goleas a tu antojo. Pero la jurisdicción es otra en los duros campos de tierra —tengo entendido que los niños de hoy juegan sólo en hierba artificial, no he decidido aún si les beneficia o perjudica— y esa magnética mañana de mierda a ti te toca rascar banquillo. Y nada de pipas, que el entrenador se enfada.

Así las cosas, asistes pasivo a la performance de tus compañeros, que se te antojan anquilosados, más lentos y erráticos que desde dentro. Tú no lo sabes, pero algún manual didáctico-deportivo (en papel, son los 90) asegura que la suplencia es positiva para tu crecimiento y madurez. Bostezas sin taparte la boca con la mano, que se note el enfado. La primera parte se te hace interminable y más densa que la charla técnico-táctica que precede a cada partido, ese entrañable ritual impregnado de cosquilleos y suspiros donde en pocas palabras se decide quiénes son los mantas que se taparán con las mantas durante los siguientes 90 minutos, que a esa edad son 60.

Calentando el banco, por tanto, realizas el primer examen de conciencia de tu vida (y no habrá tantísimos a lo largo de ella, no menoscabes su importancia). Sobre el cuarto de hora de encuentro, tu cabreo y negación iniciales dan paso a una fase de reflexión constructiva y de insólita humildad en la que te prometes entrenar mejor y echarle más c̶o̶j ganas sobre el campo. Como te sucederá de mayor, esta admirable autocrítica matutina es pasajera. Tus inocentes buenos propósitos se ven puntualmente interrumpidos por el primer conflicto climático, una pueril y acalorada disputa por la manta que compartes con los otros 4 o 5 mantas que como tú estáis viendo los toros desde la barrera muy a vuestro pesar.

Superado y archivado el rifirrafe, te sobreviene un pensamiento impuro (de estos sí albergarás muchos en tu vida; nada grave, doctor): deseas que tu equipo juegue peor que nunca y se llegue al descanso con un insulso 0-0 si eres un niño prudente, con un doloroso 0-1 si te tomas a pecho esto de la suplencia, con un incendiario 0-2 si te va la marcha. Tú no eres un manta, te repites mosqueado tirando de la manta hacia tu lado, esto salgo yo en la segunda parte y lo remonto. Suspiras. Te muerdes las uñas. Los últimos minutos del tedioso primer acto los aprovechas para conocer mejor a ese compañero con el que nunca habías dialogado ni futbolísitica ni personalmente y el pitido del árbitro te sorprende preguntándole a qué cole va y dónde ha comprado esas botas amarillas, que molan.

Descanso, esbozas una sonrisa maliciosa en el vestuario/velatorio. Corriges el gesto de inmediato, que vamos palmando.

Eres un alevín de segundo año mentalmente intacto y aún no has escuchado que segundas partes nunca fueron buenas, así que decides saltarte a la torera (esta expresión sí te quiere sonar**) cualquier creencia popular, te envalentonas al escuchar tu nombre en boca del míster y te preparas para entrar en el rectángulo de juego. Sin aparentes preocupaciones tácticas, aprietas con fuerza —más de la cuenta, el entusiasmo infantil que tanto te costará encontrar de grande—los cordones de tus Umbro azules y amarillas, las de Rivaldo; porque tú no llevas las botas de un manta que se queda en el banquillo pasando frío, tú vas a levantar esto. Aprietas los dientes, te quedan muchos años para descubrir el bruxismo.

Aplaudes, aunque sea para calentarte las manos.

Saltas al ruedo a demostrar lo que vales. El segundo tiempo que tienes por delante es un folio en blanco, personal e intransferible como el dni que casi olvidas en casa, la famosa “segunda oportunidad” de la que tanto hablan los mayores, esa que te conceden (a veces) una chica que trataste regulín o ese jefe que un día se hartó de tu actitud con cé en el trabajo. Todavía no tienes ni idea de nada de esto, ni falta que te hace. Eres una esponja. Estás aprendiendo en directo una lección impagable. Sin explicación aparente (ni la necesitas), de golpe esa magnética mañana de sábado se ha vuelto soleada y prometedora. Fútbol y vida son sinónimos, se te pasa por la cabeza antes de la reanudación mientras observas al portero rival. Emites un par de tímidos gritos de ánimo, vamos chavales, aunque te lo estás diciendo a ti mismo.

El balón empieza a rodar, el rival parecía más blandito desde fuera. Te autoconcedes cinco minutos antes de entrar en acción, como harás de adulto cuando pospongas perezoso la alarma. La vida, el fútbol. El fútbol te brinda siempre la oportunidad de rectificar, de crecer, de hacerte perdonar, de mejorar, de reivindicarte, de redimirte vestido de corto, de erigirte en héroe de ti mismo (que no es poco) y de tus allegados, que ahora respiran aliviados en la grada al verte ya sin el horrendo chándal y comentan orgullosos con los allegados de tus compañeros que “ese es el mío, el 10, no sé por qué no le ha sacado antes. Ahora remontamos.”

No los oyes pero sabes lo que están diciendo, y cuando marques el 3-2 te girarás levemente hacia ellos.

Continuará…

* en Salamanca decimos soñarse, principalmente porque no solemos soñar cosas sino soñarnos cosas

** en Salamanca cuando algo nos suena, nos quiere sonar

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