El que canta su mal espanta

por @alejandromendo

“Ten decisions shape your life; you’ll be aware of five about”. Diez decisiones dan forma a tu vida; serás consciente de cinco de ellas, aproximadamente. Comienza así una introspectivamente mágica canción de The Strokes, que con las prisas olvidaron añadir a su icónico temazo de autoayuda que todas ellas, las resoluciones desastrosas y las acertadas, las tomamos en ese magnético habitáculo de deliciosa intimidad e inusitada lucidez, ese humidísimo ecosistema de sentencias donde se aclara uno el pelo y las ideas.

Exacto, la ducha.

Espacio de reflexión infalible y necesaria, no es casualidad que en ámbito futbolístico recurramos a la ducha al producirse una merecida expulsión. Sin ir más lejos (Berlín), todos recordamos la noche del 9 de julio de 2006 y el instante en que el árbitro mandó a Zidane —y por extensión a toda Francia— sotto la doccia tras el indigno cabezazo del por otro lado elegantísimo galo. Para su desgracia, Zizou tomó una de las malditas diez decisiones que dan forma a tu vida en el lugar equivocado; obró en caliente sobre el césped y no bajo el purificador chorro que nos guía, protagonizando así la expulsión más sonada y relevante de la historia del fútbol. Su mala cabeza (perdón) le costó aquel Mundial a su hoy convulsísimo país y sobre todo nos hará recordarle como quien cayó en la trampa del canchero Materazzi. Otro gallo hubiera cantado (perdón otra vez) a les bleus si el irreflexivo Zinedine tuviera a los infravalorados The Strokes en su iPod; porque había iPods en 2006, ¿no?

Bajo la ducha cantamos como cantó Casillas un 13 de junio de 2014, la noche del roto holandés, ya sabéis, con un Robben supersónico que nos dio no una ducha sino un baño de humildad. Los mismos actores se habían visto las caras cuatro años antes protagonizando una memorable escena en la que la espinillera derecha de El Santo de Móstoles neutralizó al eterno segundón Arjen y nos mantuvo con vida en esa sufrida final sudafricana con agónica prórroga y conocidísimo desenlace. La frente de Puyol, la espinillera de Iker y el empeine diestro de Iniesta nos hicieron cantar y bailar el Waka-Waka hasta el amanecer, y sólo al día siguiente, bajo el chorro purificador que nos guía, fuimos conscientes de la magnitud del hito. El 12 de julio de 2010 nos dimos nuestra primera ducha como campeones del mundo y al lavar nuestros pecados de la noche anterior nos descubrimos una estrella en el pecho mientras tarareábamos eufóricos aquello de “porque esto es África”.

Bajo la ducha, no tengáis ninguna duda, preparó el calculador Pep aquel mediático discurso motivador (el tiempo dijo que efectivo, además) del “puto amo de la rueda de prensa” dirigido a su alter ego Mourinho, a quien quiso cantar las cuarenta; bajo una ducha de la ciudad deportiva del Barça decidió Pep reconvertir a Mascherano en el central top que fue desde entonces o dar la alternativa al jovencísimo e inexperto Busquets que hoy domina silenciosa, magistral y literalmente la zona ancha del fútbol mundial; y probablemente bajo el chorro purificador que nos guía supo Pep que había llegado el momento de marcharse del Camp Nou y poner rumbo hacia tierras bávaras. Nos cuentan que el de Santpedor es muy de los venidos a menos Coldplay“nobody said it was easy”, pensó bajó la ducha, “no one ever said it would be this hard”, se respondió al instante. Nadie dijo que (dejar el Barça) fuese fácil. Nadie dijo que (dejar el Barça, su Barça) fuese tan difícil. Aquella fue una de las diez decisiones que marcaron la vida de Guardiola, una decisión más ardua pero similar a la que ya habrá tomado en una ducha alemana y que dicta su destino. Manchester calling?  

A propósito del City. No siempre conviene interpretar los textos de ciertas canciones indie-rock al pie de la letra; parafraseando a los vulcánicos y quizá sobrevalorados Oasis en un himno generacional cuyos acordes iniciales recuerdan peligrosamente a Imagine de John Lennon, “please don’t put your life in the hands of a rock ‘n’ roll band who’ll throw it all away”. No pongas tu vida en manos de una banda de rock; la tirarán a la basura. Si lo extrapolamos a un contexto futbolístico, podemos intuir que los beligerantes hermanos Gallagher, acérrimos citizens, ya avisaron a Rosell del peligro de entregar las llaves del Ferrari blaugrana a un conductor temerario como el Tata Martino. Temerario por poco temerario, no sé si me explico. Lo sucedido antes de su llegada, lo acontecido durante su infeliz gestión y lo que está ocurriendo después de su adiós en can Barça dejan en muy mal lugar al técnico argentino. Un mal año lo tiene cualquiera, eso sí; al afable Martino le vino demasiado grande el traje, como le ocurrió a Pizzi en su presentación con el Valencia o como le puede estar sucediendo a Benítez en la casa blanca.

Sigo flipando cuando veo mi cara en el As“, cantaban los colchoneros Pereza, y algo así debe estar pensando el bueno de Rafa en los últimos meses. Benítez —que ya lo tenía hecho con el romantiquísimo West Ham— optó por meterse en la boca del lobo, cambiar el Big Ben por La Puerta del Sol y firmar (comprensiblemente, no se me entienda mal) con el club de su vida. El prestigioso pero no preciosista técnico no sabía que el club de su vida es actualmente una versión del Football Manager en realidad aumentada que maneja con tembloroso joystick el acaudalado pero cada vez menos creíble Florentino Pérez. Exitoso en los primeros años del nuevo milenio, Benítez gastó una o dos de las diez decisiones que dan forma a tu vida en el rocoso Valencia de autor del doble pivote Albelda-Baraja, otro par de cartuchos en el vibrante Liverpool de Gerrard y Torres, consumió otra “vida” al fichar por el Madrid y otra, esta pesadísima, con su alineación y actitud en el último Clásico. Aunque queda mucha temporada y yo mismo echaba fuego por la boca contra el triatleta Luis Enrique hace exactamente un año, la sensación es que si el Barça del amiguísimo tridente no afloja, “time is running out” para Rafa, como cantaban Muse cuando eran un grupo serio. Se les acaba el tiempo, a ellos y a Benítez.

A propósito de tiempo. Qué larga se me ha hecho, digan lo que digan, la ausencia de Lionel “I can’t get no satisfaction” Messi tras su antipática lesión a finales de septiembre frente a Las Palmas.

En los meses de octubre y noviembre, lejos de engancharme emocionalmente a Liga y Champions después de un verano sacando pecho por el Triplete, he llevado a cabo un sanísimo ejercicio de vida contemplativa, aquella que tanto admirábamos en los monjes al estudiar filosofía o religión en el colegio. “I’ve been feeling foolish, you should try it”, en boca de mis admiradísimos y muy británicos Arctic Monkeys. Me he estado haciendo el tonto; deberías probarlo.

No creo haber tomado ninguna de las diez decisiones que dan forma a mi vida, no sería respetuoso ni posible ni coherente ni astuto hacerlo con Leo lesionado; es más, en ausencia del cuatro —en breve cinco— veces Balón de Oro, me he dado un respiro. Me sentaba dubitativo frente al ordenador y reproducía más o menos el ritual futbolero habitual, contemplaba (y no siempre, y no todos) los partidos del Barça con aire melancólico, ausente, entonando aquello de “por eso aún estoy en el lugar de siempre, en la misma ciudad y con la misma gente“. Pero no era lo mismo. Que ya, que ya, sé lo que estáis pensando; que el Barça y el fútbol existían antes de Messi y existirán después. Sí. Pero qué distinto será todo, joder, distintamente peor. En mis 60 días de reflexión haciéndome el sueco admiraba los sombreros del prestidigitador Neymar o los pases inteligentes al espacio de Rakitic mientras seguía canturreando: “para que tú al volver (de la lesión) no encuentres nada extraño y sea como ayer, y nunca más dejarnos.”

En efecto. Superada con nota la reflexión, la noche del Bernabéu volví a apretar los puños con fuerza.

Y es que, y voy terminando, “nunca el tiempo es perdido“, como cantaba Manolo García, otro de mis autores de cabecera. En estas llegó diciembre. Leo ha vuelto y su lesión me ha servido no sólo para abstraerme, visualizar mi yo de un futuro (esperemos) lejano y por consiguiente atesorar el presente con sereno convencimiento, sino también para fantasear con los próximos goles indelebles y jugadas antológicas que ha pensado y proyectado Lionel bajo el chorro purificador que nos guía.

Mientras yo jugaba al despiste en octubre y noviembre y me tomaba un tiempo para asimilar que sin él el fútbol será otro cantar, Messi ha dispuesto de dos meses y no menos de 80 duchas para componer melodías nuevas y dilucidar cómo y cuándo tomar las próximas decisiones que dan forma a su vida y a la mía, a quién quiero engañar.

Lo bueno es que como Zidane, Lionel Andrés no tiene a The Strokes en su iPod y desconoce que son diez las decisiones que dan forma a nuestras vidas; en su caso son cien, o acaso mil, las que él quiera.

Anuncios

Un pensamiento en “El que canta su mal espanta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s