Los Magos del Balón

por @alejandromendo

El pasado mes de agosto, coincidiendo con mis supuestas vacaciones en la submeseta norte, hube de ejercer como tío durante un par de semanas, en horario matutino. La tarea, aunque fatigosa y exigente —una suerte de stage remunerado no económica sino emocionalmente, y mucho, una prueba de fuego a mi yo del futuro—, me permitió explorar a fondo aquella teoría acuñanda brillantemente por Javier Marías que afirma que el fútbol no es sino la “recuperación semanal de la infancia”.

Recuperé gran parte de la mía este verano lidiando con mi indomable sobrino, que me instaba eufórico a prestar solemne atención a la retahíla de dibujos animados que la (repetitiva, plana, aburrida) televisión española tenía a bien ofrecer en su parrilla veraniega. Desfilaban ante nuestros ojos —los suyos ávidos, escépticos los míos— Bob Esponja, Peppa Pig o Vicky el Vikingo; todos lamentables a mi parecer, dibujos desanimados, pensaba yo en la comodidad del sofá. Tuve entonces la tentación de soltarle un topicazo, al fin y al cabo a su tierna edad ha escuchado relativamente pocos; algo así como “pues en mis tiempos los dibus eran mejor, macho, Bola de Dragón, Lupin, Ace Ventura, Oliver y Be…” cuando Alonso interrumpió mis conjeturas prometiéndome, quizá consciente de mi palpable hartazgo de persona adulta, que al día siguiente traería un par de deuvedés de Oliver y Benji “Elcaminohaciaelmundial”, me aseguró de carrerilla.

A la mañana siguiente se presentó enérgico y ataviado con los capítulos prometidos, y juntos seguimos recuperando la infancia. La mía, se entiende. Mientras Japón (¡Japón!) dejaba en la cuneta a Francia o Argentina con facilidad sospechosa a ojos de un adulto y con Benji inexplicablemente calentando banquillo, volví sobre una cuestión que ocupa gran parte de mi tiempo de debate, interno las más de las veces: cuándo y concretamente por qué decidimos hacernos de un equipo.

El cuándo adquiere menor importancia respecto al por qué —aduje mientras Oliver conducía magistralmente un vertiginoso contraataque que ni Di María— y podríamos situarlo entre los tres y los seis años, dependiendo de factores tan heterogéneos y variables como el entorno familiar, las deliciosas e implacables dinámicas de patio de colegio, las modas (si bien rechacé esta idea de inmediato, por poco romántica) o qué sé yo, el escudo o los colores que viste el equipo en cuestión.

Allá van con el balón en los pies. Empezamos a ver el segundo capítulo y mientras Japón se jugaba el pase a la finalísima del Mundial decidí centrarme una vez más en el por qué, consciente de que no existe una respuesta mágica a tan fatídica pregunta. Y ninguno los podrá detener. Analicé la casuística, pensé en ejemplos para todos los gustos; desde el niño que en un ejercicio de precoz rebeldía escoge el equipo contrario al de su padre y símbolo de autoridad moral, pasando por el niño continuista que acepta de buen grado el testigo futbolero que le ofrecen, fogosos, sus allegados, hasta el niño sufridor o explorador que se hace del Atleti, del Valencia o del Betis porque sí. El estadio vibra con la emoción de ver jugar a los dos. A los dos. Nos guste o no (a mí me gusta), la elección es por lo general inconsciente, nos marca a fuego y nos define; alguien podría objetar que llega demasiado pronto como un Barça-Madrid en octavos de final de Copa del Rey pero no, llega en el momento justo —aseveré mientras Alonso celebraba una insostenible pero eficaz chilena—. Solamente juegan para ganar. La ceremonia de elegir colores es tan sumamente crucial que se antoja indispensable llevarla a cabo armados de la espontaneidad, pureza, desinterés e intacta pasión que sólo tenemos de niños. Pero siempre con deportividad. Ejercer como tío —me autoconvencí instantes antes del pitido final que confirmaba la victoria nipona, qué sorpresa— es también aceptar esa enorme responsabilidad que supone inculcar a Alonso el continuismo; condicionar su elección, qué diablos. Y no hay nadie mejor para la afición. Por eso mi sobrino es del Barça, tiene que serlo —concluí sonriente mientras apuraba mi zumo de naranja y pensaba ya en la próxima actividad lúdica para entretener a la fiera—. Japón en la final de un Mundial —bromeé mientras extraía el deuvedé—, estos niños se lo creen todo.

Precisamente en la tierra de Oliver y Benji acaba de ganar el Barça el Mundial de Clubes (¡nuestro equipo, Alonso! muy mal tío no seré, entonces), una poliédrica y moderna competición de la FIFA que a conveniencia se minimiza en mundialito o maximiza en intercontinental como si de una ventana de windows se tratase. Este prolífico 2015 blaugrana se cierra con cinco de seis títulos posibles, que es “sólo” la segunda mejor temporada de la institución, un dato que habla por sí mismo de la reciente grandeza del club. 

Quién sabe si dentro de mucho tiempo mi sobrino se o me preguntará si fue “más o menos por aquel entonces, tío”, que es este entonces de hoy, “cuando me hice sabiamente del Barça”. Sí, de mayores nos gusta creer que se trató de una elección consciente, meditada y acertada, y solamente de más mayores nos damos cuenta de que alguien nos asistió dulce y certeramente en el momento clave, como Neymar en el 3-0 de Suárez hace un rato.

Un día, cuando ya no se crea lo de la catapulta infernal, Alonso se o me preguntará cuándo se unió a las filas del equipo de los magos del balón Iniesta, Busquets, Neymar y Messi, y yo le responderé que fue cuando el Triplete, cuando el Tridente, y le dejaré creer que decidió por él mismo. Y que acertó.

 

 

 

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