Contigo Empezó Todo

por @alejandromendo

Los futboleros disponemos de una medida espacio-temporal infalible que utilizamos como brújula existencial al desorientarnos —voluntaria o involuntariamente— o al encajar un duro golpe como la reciente pérdida de Johan Cruyff. El recurso, que no soluciona per se nuestros problemas pero reconforta y ayuda a situarse, es un recuerdo que se aleja en el tiempo y que sin embargo sentimos cada vez más vigente, indeleble, nítido; se trata de la primera Liga que recordamos, aquella cuyo teatral desenlace presenciamos siendo niños y “con todo el fútbol por delante”. Hace unos días la vida y el fútbol se le acabaron al 14, por lo que me ha sido inevitable valerme del comodín de la llamada, revisar mi brújula, orientarme.

Aunque la historia del deporte, la economía o la política no sea sino una mera sucesión de ciclos —habréis sin duda reparado en la cantidad de veces que nos repiten este concepto, a alguien le debe interesar muy mucho que nos quede claro— y ni nosotros ni nuestros sentimientos seamos al fin y al cabo tan originales, tan novedosos y tan intensos como queremos creer, lo cierto es que mi primera aventura liguera sí fue teatral, sí fue inexplicable y dramática y acaso revolucionaria, sí fue mágica y especial y sí fue favorable y muy soleada. Y como no podía ser de otra forma, el visionario Johan andaba por allí.

Personal e intransferible como el DNI, mi debut emocional futbolístico ocurrió en la agónica resolución de la Liga 1991/92, la segunda de las cuatro consecutivas cosechadas por el Dream Team de Cruyff —tres de ellas conquistadas además sobre la bocina, esto es, con el manual de la creación de mitos abierto de par en par— y la primera de las conocidas como “Ligas de Tenerife”, isla de infausto recuerdo para la parroquia merengue y talismán para cualquier tifoso del Barça, más aún siendo yo por aquel entonces un crío de Castilla, donde se veían muchas más elásticas blancas que azulgranas. Dinámicas.

Y es que ya desde niño empieza uno a detectar y elegir ídolos y antagonistas; que si tú me caes bien (Stoichkov), que si tú no (Buyo). Con el tiempo y algo de madurez desarrollamos la capacidad de localizar a los bordes también en nuestro propio equipo (Dani Alves) o admirar a algún rival (Sergio Ramos). Tener manías es tan humano como saludable si no se llega al exceso; como ya he escrito alguna vez, no me considero antimadridista pero ni de niño practicaba ni de adulto aspiro a la total indiferencia, qué aburrimiento. Así que sí, me alegré sobremanera de aquel incomprensible y fatal despeje de un Buyo desorientado y con gorra que Pier convertiría en el 3-2 definitivo que nos daba la Liga; vaya cantada, escuché en el bar y aprendí a decir infantil, divertido. Aún pensaba que el fútbol era sólo un juego.

Otra, Otra

Tan considerado fue para conmigo el destino que, habida cuenta de mi tierna edad y frágil memoria, me concedió un llamativo bis tinerfeño en la siguiente temporada, que se resolvió de manera sorprendentemente análoga, agónica e insular, con otro accidente geográfico de un Madrid de morado que palmaría de nuevo en el soleadísimo Heliodoro en la última y teatral jornada; y el Barça de foto finish de Cruyff a lo suyo, levantando la Liga 1992/93 tras imponerse a la Real Sociedad en un Camp Nou efervescente y atónito.

El estadio que ahora sugieren rebautizar con el nombre del técnico holandés vibraba lleno de culès que (¡como yo!) ni podían imaginar el punto de inflexión deportivo que suponía tanto dramatismo con final feliz, tanta moneda al aire que siempre salía cara para los azulgrana y tanta cruz para los blancos. Cambio de tendencia. La flor del Johan, qué collons.

Nadie podía intuir que en aquellos años de bendita locura impregnados de un cierto aire experimental Cruyff estuviese definiendo e instaurando —y me enfundo el esmóquin futbolístico para escribirlo— el estilo del Barça. Un estilo con luces y sombras, dejémoslo claro de una vez por todas, una manera de jugar sagrada y honesta, tan innegociable como arriesgada, una idea tan jodidamente difícil de plasmar sobre un campo como eficaz, atractiva y ganadora si es ejecutada por los intérpretes adecuados (Guardiola y Luis Enrique desde fuera, Busquets hijo, Xavi, Iniesta y Messi en el verde) que tan arduo es encontrar.

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Pero volvamos a la génesis, a principios de los 90, a los chándals coloridos de Kappa y a esas amplias gabardinas que imprimían al tándem de técnicos Cruyff & Rexach un aire detectivesco y progresista. El dúo dinámico del banquillo barcelonista repartía sonrisas ganadoras, relucientes y no exentas de un deje incrédulo propio de quien está escribiendo la historia sin dejar de improvisar. Mientras tanto aún se fumaba en las gradas, el pueblo enloquecido hacía la ola, ni rastro de esteladas. Ciclos, ya digo.

El curso siguiente disfruté de otro espectacular impulso emotivo a mi infancia, la pirotécnica conclusión de la Liga 1993/94, cuarta y última obtenida a las órdenes de “El Flaco”, que por entonces había sustituido cigarrillos por chupa chups que devoraba en el banco tras haber sido advertido severamente por los médicos, según me explicó mi padre (tampoco había Twitter). Si bien el enemigo era aquel año menos acérrimo y más gallego y yo iba perdiendo inociencia —ya coleccionaba cromos, el primer contacto con el mercado y con las leyes de la oferta y la demanda, una experiencia que nos hace madurar de golpe—, viví esa última jornada con la pasión, ilusión y convencimiento intactos. Con Johan dirigiendo la orquesta, qué podía salir mal, me preguntaba, yo que tan poco creo en los entrenadores a día de hoy. 

Genética y Destino

A mis siete años yo ya contaba con eso que con el tiempo hemos definido “el gen ganador” y, perdón por sacar pecho, de alguna manera creo que se lo transmití en aquella cinematográfica noche de mayo al Barça, ya que el equipo objetivamente lo necesitaba, no lo tenía, no todavía. Sábado por la noche; me senté delante de la tele expectante pero confiado en nuestra victoria y —conditio sine qua non— en un pinchazo del solidísimo SuperDepor de Arsenio Iglesias. Los de Cruyff (sin amplia gabardina de Tintin aquel día) hicieron los deberes remontando en casa al Sevilla de un imberbe Suker mientras el Depor no pasaba del empate a cero en casa. Mi intervención se hizo necesaria casi al final de los 90 minutos reglamentarios; pude entonces sentir cómo era yo mismo quien manejaba con joystick de la Mega Drive a Djukic, cuyo tembloroso lanzamiento acabaría atajando un gigante González. Vamos, grité con voz de niño mientras seleccionaba “guardar cambios”.

Fue algo insólito, tiré tan mal ese penalti que no hubo siquiera rechazo que alargase la esperanza deportivista (y madridista) unas décimas de segundo; nada, el esférico murió en el pecho de aquel guardameta cuya cara ni me quería sonar del álbum de cromos de Ediciones Este. Pena máxima en Riazor, alegría máxima en Can Barça; una felicidad desbordante a la que la parroquia barcelonista nos hemos —peligrosamente, deliciosamente— malacostumbrado 20 años más tarde. Hay quien lo define hegemonía, pero qué iba a saber yo con siete años. 

Pitido final. La retransmisión televisiva proponía el éxtasis de Cruyff y su staff técnico, fundidos en abrazos victoriosos en un pequeño recuadro de la pantalla mientras el resto de la imagen escenificaba la puntual crueldad de Don Fútbol en La Coruña. Yo celebraba la Liga en el sofá junto a mi propio cuerpo técnico (compuesto por mi padre y mi tío) con la naturalidad y espontaneidad de un chaval, como si no hubiera lugar a la derrota y aquello fuera lo normal, ganar y ganar mucho y ganar bien, que salga siempre cara al lanzar la moneda al aire y cada mes de mayo sonreír y brindar y levantar copas. Mentalidad.

Fue quizá en esa noche de mayo del 94 cuando, eufórico y ajeno al significado de filosofía, valors, estilo o esquema de juego, decidí que así iba a ser mi futuro y el del Barça; ganador.

***

Así que gracias Johan, contigo empezó todo.

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